El camino

Aquí, en los bosques de Suecia, aprendí algo –para mí inesperado y útil– que nunca usaría en mi propia vida: mirar para atrás.

Muchas veces, caminando por senderos en el bosque, avanzaba convencido de saber por dónde había venido. Y por lo tanto seguro de poder deshacer el camino.

Pero al tratar de regresar, el paisaje solía parecer otro. Parecía que volvía por otro camino y no en el que había caminado unas horas antes. En el lugar donde dos senderos se cruzaban o donde el camino se bifurcaba, simplemente trataba de adivinar en qué dirección seguir. Por supuesto, a menudo me perdía y pasaba horas buscando el camino a casa.

Con el tiempo entendí que allí donde el camino se bifurca, o luego de cambiar de dirección, debía darme vuelta. Con detenimiento y método debía estudiar la escena del cambio desde la nueva perspectiva. En otras palabras, ser consciente de los cambios y de lo que dejaba detrás. Como darse vuelta para echar una mirada hacia al pasado.

Eso nunca lo he hecho en mi vida. Me he precipitado hacia nuevos escenarios sin darme vuelta. ¿Para qué detenerse? Pero mi vida, tal vez como los bosques de Suecia, se mostró de una forma cuando la miraba de frente pero no la reconozco cuando trato de volver atrás.

Es por eso que no sé muy bien cómo voy a volver.

No conozco el camino.

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