Normalmente, hubiera dicho que no hace demasiado frío. Pero un par de grados bajo cero, despertando en una bolsa de dormir, a su vez dentro de otra bolsa que pende de dos árboles, la sensación es otra.
El tul del mirador de mi capullo, la ventanita por la que puedo ver el paisaje sin levantar la vista, está cubierta por finos cristales de hielo que filtran la luz de esta mañana diáfana y semihelada. Debe ser la humedad de mi respiración que se ha condensado y congelado.
El sol brilla, aunque no calienta. Debería alegrarme es un día hermoso.
