Ayer me quedé una hora en una rotonda, y seguro cometí alguna infracción al cruzar el tráfico automotor para observar en detalle la construcción en su centro. Y luego buscando en Internet la razón de esta peculiaridad.
Pasé por Målilla, y en una rotonda a la salida –tal vez ellos consideran que es la entrada al pueblo– hay un termómetro gigantesco. Gigantesco, para ser termómetro: debe tener 10 metros de alto.
Parece que conmemora el récord sueco de temperatura ambiente registrada aquí, 38 grados, en los años 40. Ayer mostraba solamente ocho.
