TRabajo

“Tenés que trabajar contigo mismo”, solía deslizar como una conclusión mi última pareja. Una recomendación, un deseo, que se pronunciaba en medio de una discusión, me ponía de muy
mal humor. Tanto he trabajado “conmigo mismo” que me mordía la lengua para no perder los estribos y contestar de mal modo.

“Trabajar conmigo mismo”. ¿Qué significa eso? La vida misma es un trabajo consigo mismo. Yo no he hecho otra cosa que trabajar conmigo mismo. Soy mi sujeto, mi objeto, mi actor, mi materia prima.

Cuando escucho el consejo lo traduzco como que tengo que rehacerme o someter mi personalidad, mi forma de ser a una especie de cirugía estética. ¿Para qué? Entiendo
que para sentirme mejor, para relacionarme mejor, para facilitarle a mi entorno una relación
conmigo más sólida y previsible.

Ahora voy a sonar como un viejo. Y bueno… ¡soy viejo! Pero me parece poco razonable esperar que un hombre de 70 años trabaje para cambiar. Al menos yo no quiero hacerlo. O mejor dicho, yo no hago cambios a medida y a pedido. Llevo décadas en un proceso de cambio. Paulatino,
gradual, inevitable, que pasa desapercibido de un día al otro, de un mes al otro, de año en año.

Es un proceso ineludible. Se llama madurar, envejecer, elaborar experiencias y adquirir experiencia. Trabajar consigo mismo, tratar de cambiar para satisfacer al entorno, es un camino que no conduce a nada.

Sé que Susanne, mi última pareja, se reiría de leer estas líneas. Me preguntaría, con una sonrisa amarga:
“¿Y qué camino has elegido en vez?”.

Designed with WordPress