Me demoré en Södertälje. No solo porque me desvié para visitar mis viejos lugares de veraneo sino también porque tuve que solucionar cuestiones prácticas.
Me compré ropa nueva. Tuve que cambiar de imagen. Le dije adiós a mis pantalones vaqueros, adiós a mi suéter favorito y adiós a mis zapatillas. Adios a mi vieja campera de cuero.
Me había dado cuenta muy pronto que tenía que pensar en mi apariencia. La gente empezaba a mirarme con algo de compasión. Y otros manifestaban desconfianza, cuando no desprecio.
Me veían como un vagabundo pobre, sucio y desaliñado.
En el centro, compré ropa nueva, ropa moderna. El tipo de prendas que usan los senderistas que se ven en televisión. Ropa inteligente con bolsillos y accesoriaos para llevar pertenencias y accesorios.
Ahora parezco un explorador con materiales sofisticados y actualizado con las últimas tendencias y las mejores marcas.
Y en la mochila, cubriendo mi capullo, llevo una placa solar plegable.
Nadie me va a confundir ahora con esos ancianos que aligeran su pobreza recolectando latas y botellas de plástico en las papeleras. Aunque después de esta compra mi billetera esté casi tan vacía como la de ellos.
