Mi peregrinar se me revela como una forma de profundizar en mis estados de ánimo. No es como excavar, o como bucear o sumergirse, porque hay un desplazamiento horizontal. Pero hay un ritmo, un compás, como de brazadas o paladas que parecen llevar, golpe a golpe, a nuevas profundidades.
Pero no son paladas ni brazadas, son pasos. Mi peregrinar es, cuando estoy triste, como caminar por un largo túnel, oscuro y desierto. Y suele llevar días salir del túnel y volver a la luz y moverse entre la gente.
Por ejemplo: escribo estas líneas desde un bosquecillo con vista a la iglesia y el cementerio de Nottebäck. Esta noche fría y lluviosa me cuesta representarme que hay gente viva sobre la superficie de esta tierra.
