Odiseas

Yo aprendí a andar en bicicleta con la bici de mi abuelo en el barrio de mis abueloes. No era la bicicleta apropiada, ni el barrio de la ciudad apropiado para hacerlo.

La bicicleta era grande, demasiado grande para mí. Sobrevivió décadas y mudanzas familiares, y siempre fue grande, aún cuando yo ya fuera un muchacho. Y, a pesar de su apariencia deportiva, con su manubrio de carrera, era extremadamente pesada. pesada. ¡Y tenía piñón fijo! Uno tenía que pedalear todo el tiempo, o levantar los pies de los pedales, porque éstos continuaban girando impulsados por la cadena que seguía esclavizadamente el movimiento de la rueda trasera.

Y la bici era tan grande, o yo tan pequeño, que no podía subirme sin que alguien la sujetara o si no podía trepar desde un escalón, un banquito o un tacho de basura dado vuelta. Y bajarse, la única forma de bajarse, era por medio de una caída controlada, inclinando la bicicleta en marcha hacia un lado con la suficiente suavidad para que la pierna correspondiente pudiera mantenerme en pie.

Palermo, el barrio de mis abuelos, con sus aceras tan transitadas y de cordones altos, las calles empedradas y con mucho tráfico, tampoco era el sitio apropiado para iniciarse en el ciclismo.

Salir a andar en bici, entonces, era una aventura más parecida a una odisea que a una diversión. Y la principal recompensa, sino la única, era la alegría de terminar la vuelta al barrio con apenas unos pequeños raspones ya que caídas y golpes eran inevitables.

Ahora, cuando se me hace difícil la marcha, pienso que este viaje mío es como las vueltas en bicicleta de mi infancia: todo es demasiado grande y no estoy en el sitio apropiado.

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