No esquío entre montañas dibujadas, sino sobre un coloso blanco y de exuberante irregularidad. No veo más que cumbres a mi alrededor, algunos picos más altos que el de mi montaña, la mayoría más bajos.
Yo acabo de iniciar mi descenso por lo que puedo ver a un sol glorioso trazar una gran curva sobre el azul del cielo. Y, algo más abajo, el enceguecedor blanco de las montañas nevadas en todas las direcciones.
Así –supongo– deben ver el paisaje los que hacen montañismo en las cumbres más altas del Himalaya.
En mi representación, en mi pesadilla, siempre es de día y siempre brilla el sol. Debo estar a gran altura, como si volara entre continentes, por encima de las nubes, atravesando un cielo diáfano y helado. Hace frío si, pero es un día apacible, sin viento y no nieva, aunque todo esté cubierto de nieve.
A lo lejos, uno de los picos que veo recortarse contra el horizonte es el del Aconcagua. Es mi meta. No la cumbre, sino el país.
Como en la vida real, avanzo con una lentitud exasperante. Pero en mi sueño, la lentitud es buena. Los declives más suaves alargan mi vida.
En la realidad, mi lentitud tampoco sorprende. Es la bradicinesia la que reveló mi enfermedad.
