Lavarme

Lo que es lavarme, me lavo.
Cuando puedo.

Generalmente, me lavo en el baño de un bar o un restaurante si es que me decido a tomar algo caliente o una comida ligera. Tampoco paso por muchos lugares donde sirvan comida en mi camino, si es que paso alguno.

Me lavo las manos cuidadosamente, la cara, me mojo el pelo y me peino. Nada más: no quiero que nadie se sienta incómodo al entrar y sorprenderme semidesnudo. Si el lavatorio está en el mismo espacio cerrado que el inodoro puedo desvestirme para un rápido enjuague. Y vuelvo a ponerme sobre la piel mojada la misma ropa que llevaba.

No llevo al baño productos de higiene personal ni ropa para cambiarme. Pero llevo un peine en el bolsillo, como cuando era joven.

Tenía pensado que iba a poder lavarme y cambiar de ropa en estaciones de servicio, pero seguramente tenía en mente esas grandes estaciones en las rutas principales. Allí, donde conductores y pasajeros suelen refrescarse luego de varias horas de viaje.

Pero, hasta ahora, yo no he pasado ninguna de esas gasolineras. Voy por senderos y pequeños caminos vecinales. Y cuando llego a algún pueblo o pequeña ciudad, me encuentro con estaciones de servicio que solamente tienen surtidores automáticos y nada más.

Mis días de aseo serán cuando llegue a una ciudad o un pueblo más grande donde haya una casa de baños, una piscina municipal. Y saldré de allí, como pasó en Södertälje, como un hombre nuevo.

Y para mi cuerpo envejecido, nadar en una piscina con agua templada –en lugar de caminar cargando mi mochila– es casi un descanso.

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