Es como que me hubieran puesto sobre un par de esquíes y dejado en la cima de una enorme montaña cubierta de nieve. No es un monte, ni una de esas montañas de dibujo, un cono de lados uniformes. Es un cuerpo irregular, como suelen ser las montañas, con paredes verticales, algunas pendientes suaves, escalones, quebradas, socavones.
Los límites de mi montaña son confusos. Sus faldas se funden, a izquierda y derecha, hacia adelante y atrás, con las montañas vecinas. Veo nada más que montañas a mi alrededor, la mayoría mucho más bajas, otras aún más altas que la mía.
Todo empezó con una pesadilla, algo que soñé. Pero, como si mi sueño no fuera una casualidad, la imagen se transformó en mi metáfora, la representación de mi diagnóstico. Y tengo que aclarar que no soy un gran esquiador. Incluso tal vez deba decir que, en realidad,no sé esquiar pese a una decena de temporadas en las pistas con mi esposa y mis hijos.
Este sueño, esta pesadilla, es que al final del descenso, muero.
Tengo sólo una vuelta y la duración es incierta. Una caída, si no puedo levantarme, es el fin del juego. Una gran pendiente, aunque me mantenga en pie, es un rápido viaje hacia la muerte. No hay posibilidad de retorno, no puedo esquiar cuesta arriba.
Si mi montaña fuera dibujada, la circunvalaría dibujando un lento y prolongado espiral. Y, lo más hermoso, de ese plan imposible es que cada vuelta, cada circunferencia, se vuelve más larga y duradera que la anterior. Al fin de mi última vuelta a la montaña, la pendiente es tan suave que se convierte, inadvertidamente, en un plano. Y así, casi sin que me dé cuenta, termina mi aventura en esta tierra.
